La sentadilla es el movimiento rey del entrenamiento funcional. Dominar su mecánica previene lesiones y multiplica la fuerza.
La sentadilla aparece en prácticamente todos los programas de entrenamiento funcional, ya sea como ejercicio principal de fuerza, como componente de movimientos olímpicos o como parte de un WOD. Su correcta ejecución es la base sobre la que se construye gran parte del rendimiento atlético.
La profundidad adecuada en una sentadilla de entrenamiento funcional sitúa la cadera por debajo de la línea de las rodillas, con las articulaciones de rodilla y cadera flexionadas simultáneamente. Esta posición activa los glúteos, isquiotibiales y cuádriceps de forma equilibrada y protege la zona lumbar al mantener la columna neutra.
Los pies deben colocarse a anchura de hombros o ligeramente más anchos, con las puntas orientadas hacia afuera entre 15 y 30 grados. El peso se distribuye sobre el mediopié y el talón. Las rodillas siguen la dirección de las puntas sin colapsar hacia adentro, un error que compromete la estabilidad de la articulación.
La activación del core antes de descender mantiene la columna rígida bajo carga. Inspirar profundamente al inicio del movimiento y sostener la presión intraabdominal durante la fase excéntrica protege la espalda baja. Exhalar en la subida facilita la extensión completa de cadera y rodilla.
Las limitaciones de movilidad en tobillos y caderas son la causa más frecuente de sentadillas incompletas. Ejercicios de movilidad como la sentadilla goblet con pausa en el fondo, los estiramientos de flexores de cadera y la elevación de talones contra pared mejoran el rango de movimiento progresivamente.
Variantes como la sentadilla frontal, la sentadilla trasera, la sentadilla búlgara y la sentadilla overhead cada una enfatiza distintos patrones y demandas de estabilidad. Incorporar variedad en la programación evita adaptaciones unilaterales y fortalece el atleta de manera integral.



