La alimentación sostiene el rendimiento y la recuperación. Principios generales aplicables al contexto argentino.
El entrenamiento funcional de alta intensidad exige un aporte energético acorde al gasto calórico. Sin una base nutricional adecuada, la capacidad de sostener esfuerzos repetidos, recuperar entre sesiones y progresar en cargas se ve comprometida. La nutrición no es un complemento opcional: es parte del entrenamiento.
Los carbohidratos son el combustible principal para el trabajo de alta intensidad. Arroz, papa, mandioca, avena y frutas de estación argentina como la banana y la manzana aportan glucógeno muscular. Consumirlos en las horas previas al entrenamiento garantiza energía disponible durante el WOD.
Las proteínas reparan el tejido muscular dañado por el esfuerzo. Carnes magras, huevos, legumbres y lácteos son fuentes accesibles en Argentina. Una ingesta de 1,6 a 2,2 gramos por kilogramo de peso corporal distribuida a lo largo del día optimiza la síntesis proteica.
Las grasas saludables, presentes en el aceite de oliva, frutos secos, aguacate y pescado, participan en la producción hormonal y la absorción de vitaminas liposolubles. No deben eliminarse de la dieta, aunque su proporción debe ajustarse según la intensidad del plan de entrenamiento.
La hidratación merece atención especial en el clima argentino, donde el verano austral puede elevar las necesidades de líquidos considerablemente. Agua, infusiones y alimentos con alto contenido acuoso complementan la hidratación. La deshidratación del 2% del peso corporal reduce el rendimiento de forma medible.
No existe una dieta universal. Cada persona responde de manera distinta según su metabolismo, horarios de entrenamiento y preferencias alimentarias. Experimentar, registrar y ajustar con criterio permite encontrar el equilibrio individual entre rendimiento, bienestar digestivo y sostenibilidad a largo plazo.



